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ÁGORA, O LA APATÍA DEL ESPECTADOR

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Hasta ahora, la carrera de Amenábar había sido siempre muy cinematográfica. En éste país de envidiosos, uno ha tenido que oir muchas cosas terribles de las películas de un tipo cuyo único pecado consiste en una coincidencia: ser español y saber hacer que uno se olvide de que está en una sala de cine. Ser español y saber hacer cine. Cine de verdad.

Tesis y Abre los Ojos respiran Hitchcock, son una verdadera fiesta del cine. Abre los Ojos es, para un servidor, una película asombrosa, una obra redonda e insólita. La magia del cine vuela  a través del espectador que admira esa cinta magistral.

Los Otros resultó una cinta vistosa y rica, aunque un tanto abstracta por la gran cantidad de cosas que se veía obligada a ocultar hasta el desenlace, y que resulta sorprendentemente plana en un segundo visionado, pecado capital en películas con final oculto. Aún así, la peli da yuyu.

Mar Adentro es una gran película. Sin importar la postura del espectador ante la eutanasia, la historia resulta entretenida, sólida y conmovedora. Llena de personajes, llama la atención el sabrosísimo trabajo de los actores. Mar Adentro es puro cine.

Ágora no. Ágora es la cinta más abstracta de Amenábar hasta la fecha. Ágora está perdida en un tropel de personajes sin empaque. En su afán de mostrarse objetiva no despliega un discurso explícito, y a la vez, como le pasó a Los Otros, se resiente de tener que escamotear mucha información para llevar a término el anticlímax final, en una cinta opaca y plana, acromática, fría, artificial, alambicada y larguísima. De argumento complicado y discurso simple y difuso, Ágora carece de espectáculo visual, y salvo un puñado de elipsis que permitan respirar, todo se reduce a túnicas blancas y túnicas negras. Con todos sus exteriores y todos sus decorados, Ágora resulta claustrofóbica.

Los personajes son unidimensionales, y el guión requiere de ellos que estén hablando todo el tiempo. Destacan con diferencia los trabajos de Ashraf Barhom  y Oscar Isaac. Isaac (Orestes) crea su personaje en un solo plano de presentación, y lo lleva a buen puerto en la evolución de su personaje. Barhom (Amonio) logra también un personaje rico, vistoso y bastante repugnante. La película, en su afán de mostrarse objetiva, se resiste a marcarle como villano, pero es el villano de ésta historia. Arrogante, fanático, manipulador y despiadado, no se le conoce acto bueno. Un fanático carismático a quien se presenta predicando desafiante, salpicando saliva con sus diatribas.

Mención aparte merece el personaje de Max Minghella (Davo) como esclavo enamorado de Hipatia. Es notable la capacidad de llevar a buen término un personaje que a fuerza de actos incomprensibles, llega a parecer físicamente controlado por un poder ajeno que le obliga a actuar de manera errática, cuando no errónea. Hasta los buenos hacen el mal cuando se dejan liar por  los malvados cristianos.

Rachel Weisz y Michael Lonsdale brillan sin dificultad, si bien Lonsdale tiene más presencia de la que la película necesita, y Rachel Weisz no logra disponer de una verdadera protagonista en Hipatia. Hipatia es testigo de su propia película, y sólo al final confluye con la trama principal. Su personaje es atractivo, pero también abstracto, pues no termina de simbolizar nada más que sí mismo. Tampoco su muerte simboliza nada, y el recurso de su descubrimiento la víspera de su ejecución es pura invención de Amenábar, que a falta de argumentos, y ha tenido dos horas y media, tiene que inventarse, con mucha intención y poco rigor, que con Hipatia muere toda una revolución cultural en ciernes que nunca tuvimos ocasión de conocer por culpa del machismo y la intolerancia de los cristianos. Tarde y mal. Y falso, además.

Incluso el anticlímax final es víctima de la corrección política, y Amenábar sustituye la muerte real de Hipatia (fue despedazada y sus restos quemados) por una más aséptica, que se antoja indolora para Hipatia, y lo es sin duda para el público. La ausencia de romance es una cosa que el público rara vez perdona, y menos en una producción de éstas características.

Disfrazada de cine complejo y espectacular, Ágora se revela obvia y plana. Tirando la piedra y escondiendo la mano, tendenciosa sin querer parecerlo, por aparentar veracidad convierte el conflicto en un compendio minimalista de quién empezó, quién siguió, tú me haces ésto, yo te hago ésto otro, que termina por revelar lo arbitrario del conjunto. Naufraga también la estructura Kubrikiana en dos grandes actos, y nos parece también arbitraria: puestos a disponer de los hechos a nuestro antojo, y puestos a fabular con libertad, se podía haber resuelto en tres actos sin problemas. Por otro lado, no dudo que la película estará llena de sesudos homenajes al gran cine de romanos, que yo no he detectado, pero yo lo que sí que NO he encontrado por ningún lado es ése gran cine de romanos.

Lo que venía diciendo al principio. Lo que más me gusta de Amenábar es que rebosa cine. Pero Ágora es el Amenábar menos Amenábar que se conoce hasta la fecha. Todo se lo ha comido la intención. Le esperamos con los brazos abiertos para cuando vuelva a querer asombrar al público.

Finalmente, cabe decir que la factura técnica es correcta, sin grandes hallazgos ni rastro de vistosidad, la música no es de Amenábar, aunque lo parece. La recreación de época se ve muy de cerca, al detalle, como es obligado en éste tipo de películas, y se ve el presupuesto en pantalla, pero el espectáculo brilla por su ausencia, y en definitiva, el público ve que en dos horas y con ése presupuesto, se pueden contar muchas más cosas, y mejores.

Esperamos que Amenábar no se convierta en otro de ésos directores que hacen películas para políticos, y no para el gran público. Deseamos que vuelva a hacer películas con la intención de asombrarnos, y no de malmeternos. Aunque no sean tan del gusto del ministerio de Igualdad.

Ésto es lo que le hubiera pasado a Kubrick si se hubiera metido en políticas. En cualquier caso, qué pena…

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