Hay un personaje que, a pesar de ser patrimonio de la humanidad, sólo la BBC tiene reservado el derecho moral (y el deber, por cierto) de explotarlo. Y no sólo ha resuelto la papeleta con un diez de nota media, sino que además lo ha hecho dando una nueva vuelta de tuerca al mito, llevándolo a nuestros días de telefonía móvil. Sólo un personaje puede hacer de la PDA un objeto distinguido, sólo uno puede hacer que su cerebro asombroso trabaje más rápido que un buscador de google. Sólo un detective podría sobrevivir a los tiempos del tablet, de la ciencia forense, sin que la tecnología se lo comiera, convirtiéndoe a él en una herramienta al servicio del bit, y sólo él podía hacerlo en sus propios términos, esto es, dejando bien alto el listón de lo que puede llegar a deducir el cerebro humano, capaz de radiografiar el alma de un sujeto basándose en el dobladillo de su pantalón vaquero, y condenando a la tecnología al papel para el que fué creada, el de herramienta, aunque la estupidez general se empeñe en elevar a la categoría de fin lo que en realidad sólo es un medio.Y para demostrar que los viejos mitos nunca mueren, la BBC nos brinda en tres largometrajes de noventa minutos magistrales, brillantes de necesidad y placenteros hasta lo pecaminoso, sobre las pesquisas londinenses del único misántropo empedernido, misógino por costumbre, andrógino por vocación, microscópicamente observador, perspicaz en grado sumo, verdaderamente enciclopédico, y analítico sin piedad, que puede hacer de la soberbia intelectual un espectáculo adictivo, y que dejaría a un replicante a la altura de un vecino del cuarto izquierda en cualquier materia, exceptuando el arte de tocar el violín en medio del desorden, cuando no está resolviendo algún caso irresoluble o disparando a la pared de su casa del 221 de Baker Street, propiedad de la señora Hudson, sólo para matar el aburrimiento. Según el evangelio de la BBC, el hombre perfecto en el más puro sentido Nietzschiano del término es un genio despistado que siempre lleva una lupa en el bolsillo junto a su PDA, que ya no fuma en pipa sino que es adicto a los parches de nicotina, que presta sus servicios a una mediocre Scotland Yard que sólo puede resignarse a ir varios cuerpos por detrás, limitándose a recoger las migajas de los casos cuyo zumo bebe nuestro héroe (compartiendo sólo unas gotas de obviedad, elemental, querido, reza la traducción, con su fiel amigo, y aún así cuerdo doctor), y que sólo encuentra placer poniendo a prueba su valía, no ante sus mediocres congéneres, simples para él como un rompecabezas de doce piezas, sino contra alguien digno de su intelecto. Un héroe cínico buscando una némesis a su altura. O, como dice él mismo: ¿no tiene todo el mundo un archienemigo? Seguro que ya sabes a quién me refiero, ¿verdad?, así que no cometeré la banalidad de mencionar el nombre de quien no necesita presentación No te la pierdas. Ya me lo dirás.
La Venganza de Ulzana es un western atípico, que Robert Aldrich filmó con su personal y muy áspera prosa, en esa línea recién fundada por Peckimpah, y que con los años se ha convertido en tradición, a la que se ha dado en llamar western crepuscular. Western, sí, pero no tanto por el tono, más historiográfico que mítico, como por su argumento y localización, Arizona, 1880 aproximadamente. Y crepuscular por varios motivos: porque narra la última misión de un hombre cansado; porque narra la última cabalgada de una tribu de vocación libre y violenta que se resiste a ser domesticada; y porque el final de las guerras apache pone punto final a un lugar y una época legendarios: el lejano oeste. Una vez que fueron confinados definitivamente en sus reservas, los indios dejaron de ofrecer la última resistencia que impedía el avance del progreso. Y el progreso oculta la violencia. Y si no la puede ocultar, la mitifica. Así, al morir el viejo oeste, nació la leyenda. La película está narrada con ojo descreído. Como si Robert Aldrich viviera realmente en esa época, como si la violencia y la mugre aún no se hubieran convertido en mito. Robert Aldrich siempre fue un vaquero, y de los chungos.
Ulzana´s Raid es una de esas películas que nunca dejarán de permanecer vigentes. En aquellos primeros setenta, el western producía alergia entre los productores de Hollywood. El cine USA vivía su particular destape, que permitía rodar productos más baratos y alimenticios sin necesidad de arriesgar su dinero en complicados jardines logísticos, y más aún cuando existía un serio riesgo de que el público, ávido de temas y personajes más urbanos y actuales, les diera la espalda. Pero Robert Aldrich, cuando filmó en 1971 la violencia brutal que genera el choque entre dos culturas irreconciliables, sabía lo que hacía. Aquella década había arrancado con la escalada de violencia terrorista en Palestina, surgía la figura de Arafat, y el terrorismo islamista abría los telediarios. Los hippies y el no a la guerra, terminada la guerra de Viet-Nam, boqueaba en busca de nuevas excusas con las que mantener su pose, y palestina, sin importarles un rábano en realidad, encarnaba esa excusa a la perfección. Para ello, echaron mano de unas pocas citas de Jesús, y se exaltó la figura de Jesús como el primer hippie, con la calculada esperanza de horadar al pueblo israelí como consecuencia directa del “malvado” antíguo testamento, enarbolando el Nuevo Testamento como nueva fuente de consignas buenistas.Y el buenismo es algo que no iba bien con Robert Aldrich.
No es casual que se empeñara entonces en rodar, aún haciéndolo con bajo presupuesto, aquella película que ni estaba ni se la esperaba, y que contaba como personaje conductor a un militar idealista, defensor del Nuevo Testamento y de ofrecer la otra mejilla. Sabía el viejo perro que su historia llegaría al público, porque les hablaba de tú a tú, les hablaba de una cultura atrasada arrinconada por el progreso, y que elegía como campo de batalla la población civil, para enseñarles lo que valía un peine. Les hablaba del telediario sin las cortapisas que la prudencia o la corrección política exigen cuando se habla de asuntos actuales, una prudencia que ni la propia persona de Robert Aldrich ni sus películas contaron nunca entre sus virtudes. Dicho en términos científicos, al señor Aldrich le tocaban los cojones la censura y el papel de fumar a la hora de agarrarse cierta parte de la anatomía. Y el género del western le daba vía libre para hablar del telediario, de los terroristas, de la caza al terrorista, de la muerte de inocentes y de la muerte de culpables, con la acritud que exigía esa historia, y que era, y sigue siendo, mucha. Ulzana´s Raid es uno de los westerns más violentos jamás rodados, no tanto por lo cuantitativo de una película rica en secuencias y actuaciones contenidas, como por lo espeluznante de unas pocas de sus escenas.
La crítica del momento despreció el trabajo visualmente áspero de Aldrich, pero no puedo estar menos de acuerdo. Por lo pronto, Ulzana´s Raid
es una de esas películas cuyo argumento se puede seguir a la perfección aunque estuviera rodada en chino. El ritual es lo que tiene, y ésta película está llena de rituales silenciosos. Rituales indios y americanos. El ritual del acecho, el ritual de la caza, el ritual del protocolo militar, el ritual de la muerte. Rodada casi exclusivamente en exteriores, abunda en cuadros ámplios, aunque en realidad, la fotografía es un compendio inabarcable de variedad de planos. Como Ulzana’s Raid es también una road movie, es variada en localizaciones, y Arizona, más conocida como el infierno, se convierte en un personaje, cada vez más ominoso, un paseo por el infierno. Ulzana es como un fantasma, y apenas aparece en unas pocas secuencias. Esa es su tierra. Su tierra es él. Arizona es Ulzana, con ojos en todos los picos y hombres en todas las grietas. Y mención especial merecen los cielos, que a medida que avanza el metraje se van cargando de gruesos nubarrones, logrando así exteriores asombrosamente expresivos.
Y no sería justo terminar con el apartado técnico sin mencionar la originalidad con que las escenas de acción fueron rodadas. Creo que hasta Gerónimo (Walter Hill, 1993) nadie volvió a rodar tiroteos con caballos haciendo de trincheras. Pero claro, Walter Hill es otro a quien la corrección política le trae al pairo, como podemos comprobar en la magnífica serie DeadWood. Es que me gusta poco el western, a mí.
Pero con todo, es en el discurso donde Aldrich carga las tintas, a través del guión de
a cada Alan Sharp, que parece aplicar la cualidad de su apellido a cada una de sus páginas. Ulzana’s Raid es una persecucuón, una guerra de inteligencias, de estrategias militares en las que el perseguido juega en casa, y cada general se ve obligado a ponerse en la piel del otro para predecir sus movimientos. Una guerra de desgaste en la que el arma fundamental es el agotamiento de los caballos enemigos, y la embergadura del poder propio es el estado de tus caballos. En esta historia los caballos no duran hasta que le conviene al guionista. Lo que en otros westerns es perfectamente legítimo. Pero en este, no. Aquí, los caballos duran lo que duran, y ni un metro más. Los amantes de los animales lo pasamos muy mal en esta película en que es preferible disparar primero al caballo que al jinete,antes al perro que al dueño.
Bienvenidos al infierno, Arizona. En el universo de Aldrich, lo mismo que en el mundo, los más inocentes mueren primero. Por eso la historia se ensaña con los animales, con las mujeres, con los niños. Y también se ensaña con el que no quiera aceptarlo. Como en una partida de ajedrez los que más caen son los peones, que no pueden hacer nada más que avanzar o quedarse quietos, componiendo desarmados y con las manos atadas, la primera línea de batalla.
Esta calidad ajedrecística alcanza su clímax cuando el explorador McIntosh dibuja en la arena con un palo la estrategia de Ulzana, y acorde a ella, le sugiere a Garnett la suya propia. Los puristas dicen que los dibujos que ilustran son remiendos de guión, herramientas de última hora. A la porra con ellos. Este es mi blog. Celebro esos dibujos, al menos cuando están al servicio de una partida compleja y apasionante, que, gracias a la claridad de la exposición, se convierte en una de las grandes escaramuzas de la historia del cine. No puedo evitarlo: me encanta cuando en un western, un personaje agarra un palo para hacer dibujos en la arena.
El sencillo argumento de Ulzana´s Raid no llega tan lejos en el argumento como lo hacen las entonces muy recientes Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1970) y La Balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1971), ambas de Sam Peckimpah, en las que los héroes, al final, son arrollados físicamente por el progreso, ya sea en forma de ametralladora Gatling que en forma de automóvil. Mucho más discreto y modesto, y mucho menos poético, Aldrich se limita a contar cómo un destacamento de Caballería persigue y da caza a Ulzana, un líder chiricaua que, junto a unos pocos, escapa de su reserva para cobrarse su revancha con indescriptible violencia sobre civiles inocentes. Pero Aldrich también lleva la historia hasta sus últimas consecuencias, y, sin entrar en comparaciones, porque también adoro a Peckimpah, lo hace con unos pocos trazos secos, sin la grandilocuencia del bueno de Sam. Y como toda buena peli, Ulzana´s Raid está escrita con indudable intención, e inevitablemente sí que termina por generar esa lírica que destilan los personajes extremos bien trazados cuando el destino termina por echarles el guante. La épica de Aldrich está en el silencio.
Los detractores del western suelen achacar a este género un defecto que yo encuentro su virtud más interesante: el maniqueísmo. Normalmente, esos mismos detractores ni siquiera tienen nada contra esa condición maniquea de lo filmado, y las barreras que les impiden disfrutar de muchas de las mejores piezas del cine son más ideológicas que narrativas. Nada de eso se encontrará en Ulzana´s Raid, salvo para escarmentar a base de bien. Western atípico, como empezaba diciendo, es éste un compendio de personajes complejos, de sacrificios humanos, de decisiones difíciles, de males menores para evitar males mayores. Sin la demagogia y la corrección política que desprenden los productos revanchistas, que invierten los papeles de la tradición cinematográfica y convierten a los indios en monjitas de la caridad y a los americanos en sucios y mezquinos invasores con la biblia en una mano y el Peacemaker en la otra, nos encontramos en ésta cacería humana unos indios sedientos de muerte y violación, y unos hombres blancos que rara vez tienen oportunidad de disparar contra los indios. Mucho más a menudo, la caballería se verá obligada a disparar contra sus propios caballos, para evitar que caigan en manos indias, o incluso contra civiles, para evitarles la tortura y la violación. En la escena más brutal de la película, un soldado dispara en la cabeza a una mujer que va a ser atrapada, volándose la cabeza acto seguido de un tiro en la boca, a un metro escaso de la cámara. Hasta el indio que se disponía a descabellarlo vivo se queda impresionado, un momento antes de escupir sobre su cadáver, enfadado con el soldado por haberle frustrado en su sed de sangre.

El soldado recoge al chico, pero el indio dispara al caballo. Mientras el chico corre con su madre muerta, el soldado...
Y aunque los hombres de Ulzana cometerán todo tipo de atrocidades contra civiles indefensos, la barbarie no es un coto privado de los apaches, como comprobará el joven teniente Garnett, un chico de oro a quien le es endosada una misión que nadie más quiere asumir, y que, inexperto, acepta con entusiasmo, ignorante de que le ha tocado la obligación más ingrata del soldado: la caza del hombre.
Es el idealista Garnett (jovencísimo Bruce Davidson, más conocido como Senador Kelly en X-Men), que quiere marcar las diferencias, y ser amigo de los indios al arrancar la trama, el único personaje que experimenta la evolución que toda película requiere. Todas sus opiniones aprendidas, todo lo que creía saber sobre Dios, sobre el hombre y sobre sí mismo, se desmoronan en un segundo, con sólo mirar el cadáver de un hombre torturado por Ulzana. A partir de ese momento, se convierte en un hombre en contradicción, que busca en su alma un sitio donde colocar su recién estrenado odio hacia los indios. Garnett era un hombre del Nuevo Testamento, y asumió la misión creyéndose mejor que su causa, decidido a mejorarla, en su convicción de que el hombre es bueno. Poco le dura su convicción, al encontrar ese primer cadáver, y luego al presenciar cómo sus propios hombres masacran el cadáver de un indio al que han matado previamente. Ulzana´s Raid es un duelo entre el “ojo por ojo” y el “poner la otra mejilla”, entre el Nuevo Testamento y el Viejo Testamento. En el infierno de Arizona el buenismo no es una opción, sólo la antesala de la muerte, la tuya y la de los tuyos. Y es invocando al Nuevo Testamento, como Garnett logra arrancar a su sargento una de las líneas más memorables de una película llena de líneas memorables.
-¿La otra mejilla? Jesucristo nunca tuvo que desatar a un niño de un cactus y esperar dos horas a que muriera para enterrarlo. Y yo sí.
Una blasfemia, sí. Pero es que el mundo está lleno de ellas. Y ese es el conflicto de Garnett: el proceso de aceptarse a sí mismo como animal violento, en el proceso de descubrir que no es mejor que los demás. El joven oficial acaba de comprobar en sus propias carnes que los blancos no condenan realmente la violencia, sino que la dejan lejos de la vida cotidiana, y contratan a gente como él, tipos normales, y no monstruos, para que hagan el trabajo sucio. Y eso no es fácil de aceptar. Qué puedo decir. Esto es lo que le pasa a un progre cuando cae en manos de Robert Aldrich.
El pelotón que le es asignado cuenta con dos guías exploradores que servirán al narrador para centrarse en el choque de las dos culturas, al incluir a un explorador viejo y cansado, McIntosh, (inmenso Burt Lancaster) y a un guía indio, Ke-Ni-Tay, en el pelotón de Garnett. La falta de evolución que acusan ambos exploradores no es un defecto del guión, sino un rasgo fundamental de ambos personajes. Nada les sorprende. Nada de lo que ocurre en la película es nuevo para ellos. Todo eso lo han visto ya muchas veces. Hacen un excelente equipo, se complementan como personajes, y casi siempre se entienden sólo a base de miradas. McIntosh, después de una vida persiguiendo indios, ha aprendido a respetarlos. Ke-Ni-Tay, familiar de Ulzana, ha sido contratado por el ejército para seguir la pista de su cuñado Ulzana.
En ese rasgo, la aparente amoralidad de un indio que acepta unos dólares para cazar a su propia gente, es donde el joven Garnett hurgará, en la esperanza de encontrar, por contraste con los valores del indio, aparentemente un traidor a su causa, la superioridad de los suyos propios. Por eso busca hasta en dos ocasiones tener una charla privada con Ke-Ni-Tay, y por eso em ambas ocasiones sale escaldado. De la misma edad que Garnett, el joven indio despierta la curiosidad del joven teniente al no escandalizarse, avergonzarse, ni siquiera pestañear ante los desmedidamente crueles actos de su gente, y Garnett le pedirá que le explique el código moral de los apache. El indio le explica, en un estremecedor diálogo, que los apache son una tribu guerrera, que acepta sin complejos la violencia como un modo natural de ganar poder. El joven teniente no encontrará ninguna de las respuestas que busca, y sí una tribu que asume como rasgo moral el imperativo violento de la naturaleza humana. Donde quería encontrar doblez y mezquindad, Garnett encuentra, para su sorpresa, una solidez moral mayor que la suya propia. Por eso chocan las culturas, porque son irreconciliables, y los códigos morales de una y otra caminan paralelos sin tocarse nunca en lo espiritual, aunque lo hagan físicamente. Y Aldrich no ayudará, ni a Garnett ni al público, a encontrar una superioridad moral sobre los indios, ni tampoco al contrario. Todo lo más, la aceptación de la violencia apache como inevitable, y la aceptación de la superioridad militar de los blancos. Todo lo más.
Garnett nunca llega a fiarse de Ke-Ni-Tay, tal vez porque no se da cuenta aún de que, sin apreciar a los blancos, ni siquiera respetarlos, incluso, probablemente odiándolos, y más probablemente aún, habiendo matado a inocentes en el pasado, los apaches renegados como Ke-Ni-Tay ayudaban a cazar indios descontrolados para evitar males mayores en forma de represalias sobre su propia gente. Que para él, más que para ningún soldado blanco, aquella era una cuestión personal, y no un trabajo sucio sin más, y que por lo tanto, para él era tanto más desagradable llevar a cabo una tarea necesaria. De ahí sacamos que el verdadero duelo moral de la película está entre Ke-Ni-Tai, que se ha resignado a la inevitable supremacía blanca, y Ulzana, que se entrega a su naturaleza destructiva. Ke-Ni-Tai ha madurado ante la nueva situación, y Ulzana no lo hará nunca. La lucha de superioridad moral sólo puede darse entre guerreros de la misma raza. Un clavo saca otro clavo, dicen. Por cierto, Ke-Ni-Tay es el ejemplo perfecto, con permiso de McIntosh, de cómo un personaje muy secundario al principio, crece y crece hasta cargar con tareas de personaje central a medida que nos acercamos al desenlace.
More bollocks than Espartero’s Horse
Ulzana es otro enorme personaje. Como ya apunté hablando del paisaje, es Arizona la que hace omnipresente a un villano que con tres apariciones, sería el gran ausente en manos de un director menos avezado.En cada escena, la amenaza de su presencia planea como un buitre sobre los personajes. No habla una palabra en toda la película. ¿Para qué? Sus actos hablan por él. Fiel a sus principios, roba, viola, mata, pelea como un indio y finalmente, sólo cuando es otro apache quien le da alcance, entonces sí acepta su destino sin oponer resistencia.
A día de hoy es inevitable relacionar esa aceptación cultural de la violencia con la yihad, y a Ulzana con otra figura, legendaria entre los suyos, y de nombre similar, que se esconde en unas montañas que conoce mejor que nadie. Al final gana el equipo que defiende lo de “la otra mejilla”. Pero lo hace usando el “Ojo por Ojo”, el “clavo que saca al clavo”. Como no podía ser de otra manera, “la otra mejilla” queda para las escuelas y la civilización. Y esto es Arizona. Por goleada, gana el “ojo por ojo”. Si no lo aceptas, date por jodido.
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Por supuesto, no se puede hablar de Ulzana´s Raid sin hablar de su auténtico protagonista, y también su mayor espectáculo: el explorador militar McIntosh, (inmenso Burt Lancaster), un hombre cansado. Si Ulzana´s Raid cuenta el choque final entre dos culturas, al viejo explorador parece que ha vivido en esa colisión toda su vida. Y ha implementado rasgos de ambos mundos. Sin ir más lejos, está casado con una mujer india, que le despide en silencio al principio de la misión. El universo de Robert Aldrich es el universo de los inadaptados. McIntosh desprecia el reglamento, no lleva uniforme y por supuesto, no pasó de explorador. Era tan bueno haciendo lo suyo que nadie le quiso ascender. Inteligente, Aldrich suple la falta de evolución de su mejor personaje dosificándolo, lenta pero constantemente, en pequeños detalles. Y así, la imagen del tipo huraño y callado que empieza siendo un secundario de lujo con muy poquito diálogo, terminará dominando la película como lo que es: un inolvidable personaje fronterizo que, incluso en los últimos estertores de la trama, se va desplegando a pinceladas. A medida que crece su personaje, cada segundo de su presencia, cada línea de diálogo y cada gesto se convierte en alimento para el espectador, una nueva historia contada en un segundo. Su mirada serena conmueve y asusta, refleja sin palabras su larga estancia en ese infierno llamado Arizona, conoce y acepta con callada resignación la naturaleza violenta y contradictoria del ser humano.
Y lo hace desde hace ya mucho tiempo, razón por la cual su personaje no evoluciona. En toda la trama no hay nada que le sorprenda, nada que no haya vivido muchas veces ya. Fumador de tabaco de liar, hace tiempo que dejó atrás su hoja roja. Sólo le conmueve, de un modo sereno, resignado, el dolor de las víctimas. Pero nada de esto se dice con palabras o grandes gestos. Es en lo pequeño donde está la munición con la que se traza el personaje. Y es precisamente ahí, en la ausencia de información verbal o visual, donde un personaje casi ausente, intuído y no sabido por un público condenado a necesitar construir en su imaginación a McIntosh, donde el personaje se convierte en leyenda.
Y por cierto, me es imposible abstraerme al hecho de que en ese viejo cansado, contradictorio, inadaptado y resignado, muy consciente de que su mundo se acaba y de que no vale para el que viene, Robert Aldrich hizo un velado y nada complaciente autorretrato.
Concluyendo. No quisiera que el lector que no ha visto la película se llevara la impresión de que Ulzana´s Raid es una película instalada en la equidistancia. Al contrario, los hechos que narra curan la equidistancia inicial del joven Garnett, y con la suya, la del espectador. Robert Aldrich no nos hace sentir peores personas por querer prevalecer. Ni tampoco mejores, claro. Lo que sí logra es enriquecernos, hacernos pensar en aquello que, pobres adictos a las comodidades físicas y morales de la civilización, estamos entrenados para ignorar. Y lo hace con la honestidad de un buen periodista, con olfato para encontrar una buena historia y unos buenos personajes, y con el aplomo necesario para no hacer las concesiones que exige la corrección política y que, gracias a Dios y como ya dije antes, Aldrich se pasó por el forro de sus huevos morenos. Por eso su película Ulzana´s Raid es eterna, porque supo adaptar, a un género que parecía moribundo, una historia de rabiosa y eterna actualidad, utilizando, con el pulso de los maestros, el tonelágico poder de la metáfora.

Hasta ahora, la carrera de Amenábar había sido siempre muy cinematográfica. En éste país de envidiosos, uno ha tenido que oir muchas cosas terribles de las películas de un tipo cuyo único pecado consiste en una coincidencia: ser español y saber hacer que uno se olvide de que está en una sala de cine. Ser español y saber hacer cine. Cine de verdad.
Tesis y Abre los Ojos respiran Hitchcock, son una verdadera fiesta del cine. Abre los Ojos es, para un servidor, una película asombrosa, una obra redonda e insólita. La magia del cine vuela a través del espectador que admira esa cinta magistral.
Los Otros resultó una cinta vistosa y rica, aunque un tanto abstracta por la gran cantidad de cosas que se veía obligada a ocultar hasta el desenlace, y que resulta sorprendentemente plana en un segundo visionado, pecado capital en películas con final oculto. Aún así, la peli da yuyu.
Mar Adentro es una gran película. Sin importar la postura del espectador ante la eutanasia, la historia resulta entretenida, sólida y conmovedora. Llena de personajes, llama la atención el sabrosísimo trabajo de los actores. Mar Adentro es puro cine.
Ágora no. Ágora es la cinta más abstracta de Amenábar hasta la fecha. Ágora está perdida en un tropel de personajes sin empaque. En su afán de mostrarse objetiva no despliega un discurso explícito, y a la vez, como le pasó a Los Otros, se resiente de tener que escamotear mucha información para llevar a término el anticlímax final, en una cinta opaca y plana, acromática, fría, artificial, alambicada y larguísima. De argumento complicado y discurso simple y difuso, Ágora carece de espectáculo visual, y salvo un puñado de elipsis que permitan respirar, todo se reduce a túnicas blancas y túnicas negras. Con todos sus exteriores y todos sus decorados, Ágora resulta claustrofóbica.
Los personajes son unidimensionales, y el guión requiere de ellos que estén hablando todo el tiempo. Destacan con diferencia los trabajos de Ashraf Barhom y Oscar Isaac. Isaac (Orestes) crea su personaje en un solo plano de presentación, y lo lleva a buen puerto en la evolución de su personaje. Barhom (Amonio) logra también un personaje rico, vistoso y bastante repugnante. La película, en su afán de mostrarse objetiva, se resiste a marcarle como villano, pero es el villano de ésta historia. Arrogante, fanático, manipulador y despiadado, no se le conoce acto bueno. Un fanático carismático a quien se presenta predicando desafiante, salpicando saliva con sus diatribas.
Mención aparte merece el personaje de Max Minghella (Davo) como esclavo enamorado de Hipatia. Es notable la capacidad de llevar a buen término un personaje que a fuerza de actos incomprensibles, llega a parecer físicamente controlado por un poder ajeno que le obliga a actuar de manera errática, cuando no errónea. Hasta los buenos hacen el mal cuando se dejan liar por los malvados cristianos.
Rachel Weisz y Michael Lonsdale brillan sin dificultad, si bien Lonsdale tiene más presencia de la que la película necesita, y Rachel Weisz no logra disponer de una verdadera protagonista en Hipatia. Hipatia es testigo de su propia película, y sólo al final confluye con la trama principal. Su personaje es atractivo, pero también abstracto, pues no termina de simbolizar nada más que sí mismo. Tampoco su muerte simboliza nada, y el recurso de su descubrimiento la víspera de su ejecución es pura invención de Amenábar, que a falta de argumentos, y ha tenido dos horas y media, tiene que inventarse, con mucha intención y poco rigor, que con Hipatia muere toda una revolución cultural en ciernes que nunca tuvimos ocasión de conocer por culpa del machismo y la intolerancia de los cristianos. Tarde y mal. Y falso, además.
Incluso el anticlímax final es víctima de la corrección política, y Amenábar sustituye la muerte real de Hipatia (fue despedazada y sus restos quemados) por una más aséptica, que se antoja indolora para Hipatia, y lo es sin duda para el público. La ausencia de romance es una cosa que el público rara vez perdona, y menos en una producción de éstas características.
Disfrazada de cine complejo y espectacular, Ágora se revela obvia y plana. Tirando la piedra y escondiendo la mano, tendenciosa sin querer parecerlo, por aparentar veracidad convierte el conflicto en un compendio minimalista de quién empezó, quién siguió, tú me haces ésto, yo te hago ésto otro, que termina por revelar lo arbitrario del conjunto. Naufraga también la estructura Kubrikiana en dos grandes actos, y nos parece también arbitraria: puestos a disponer de los hechos a nuestro antojo, y puestos a fabular con libertad, se podía haber resuelto en tres actos sin problemas. Por otro lado, no dudo que la película estará llena de sesudos homenajes al gran cine de romanos, que yo no he detectado, pero yo lo que sí que NO he encontrado por ningún lado es ése gran cine de romanos.
Lo que venía diciendo al principio. Lo que más me gusta de Amenábar es que rebosa cine. Pero Ágora es el Amenábar menos Amenábar que se conoce hasta la fecha. Todo se lo ha comido la intención. Le esperamos con los brazos abiertos para cuando vuelva a querer asombrar al público.
Finalmente, cabe decir que la factura técnica es correcta, sin grandes hallazgos ni rastro de vistosidad, la música no es de Amenábar, aunque lo parece. La recreación de época se ve muy de cerca, al detalle, como es obligado en éste tipo de películas, y se ve el presupuesto en pantalla, pero el espectáculo brilla por su ausencia, y en definitiva, el público ve que en dos horas y con ése presupuesto, se pueden contar muchas más cosas, y mejores.
Esperamos que Amenábar no se convierta en otro de ésos directores que hacen películas para políticos, y no para el gran público. Deseamos que vuelva a hacer películas con la intención de asombrarnos, y no de malmeternos. Aunque no sean tan del gusto del ministerio de Igualdad.
Ésto es lo que le hubiera pasado a Kubrick si se hubiera metido en políticas. En cualquier caso, qué pena…
KATYN: PARACUELLOS EN POLONIA

La verdad es que Katyn no podía ser más honesta. Por ceñirse a la realidad, tiene que huir de toda proclama anticomunista, de todo espectáculo. Por respeto a la verdad.
La película arranca con una escena inmejorable: los refugiados polacos a ambos lados del puente: unos huyen de los alemanes. Los otros, de los rusos. Pero no piense el lector accidental que nos enfrentamos a una película de grandes hechos. Katyn no es cine espectáculo. Es un repaso historiográfico a través de los ojos de varios personajes corrientes, sobre el impacto de la guerra en Polonia.
La gran virtud de la película es su rigor. Su gran defecto, que ése mismo rigor impide el espectáculo. Katyn, lejos de estar hecha a la medida de ninguna posición política, se ve con interés, y propone un conflicto genuino: una serie de mujeres buscan a sus familiares desaparecidos, chocando de bruces con una administración que hace de todo para negar los hechos.
La película se despliega muy bien, y el enfoque múltiple es realmente coral, confluyendo todos los caminos en un día y un lugar. Los datos nuevos se van revelando a un ritmo tranquilo y sin pausa, y el gran trabajo del diseño de producción llena todo el metraje en el trabajo más ingrato de todos: el de pasar desapercibido. Así, las localizaciones y decorados, así como el vestuario e incluso el atrezzo, son tratadas por la cámara con absoluta naturalidad.
Katyn es una película para sentarse con tranquilidad a que le cuenten una buena historia, llena de detalles, hecha con paciencia de buen tejedor. Carente de sentimentalismo, no niega cierta emocionalidad a los personajes, pero en sus actitudes serenas se lee la tragedia minuto a minuto. No necesita convencer con victimismo, prefiere mantener la dignidad y contar la verdad, sin gancho ni aderezo. Tres mujeres contra la administración. Katyn es una película de la que uno sale noqueado.
Como vimos Ágora la semana pasada, no nos resistimos a hacer comparaciones maliciosas. Como ambas le hincan el diente a hechos históricos de los que tenemos pocos datos, y las he visto casi seguidas, no he podido evitarlo.
Y es que, si un guionista tuviera miedo de no convencer con la verdad pura y dura, podría inventarse, no sé, que en Katyn desapareció un tipo que estaba a punto de inventar la física cuántica a unos niveles desconocidos aún hoy, o que un malvado comunista de la administración, que escupe cuando habla sus soflamas socialistas, abusa sexualmente de la pobre mujer que sólo quiere saber dónde está enterrado su marido.
Nada más lejos de la realidad, Wajda se aproxima a la historia con el respeto que la ocasión merece, sin discursos grandilocuentes, sin poses heróicas ni grandes actos, y consigue una respuesta emocional con una película fría y terrible, que cuenta la verdad. Porque, a medida que la película se revela, resulta descorazonador ver a esa pobres mujeres insistiendo humildes un día tras otro, encontrando siempre al final de cada pista un callejón sin salida.
Sin maniqueísmo ni caracterizaciones útiles, logra Wajda una película en la que el bien y el mal se significan sin ningún género de duda.
Vayan a ver Katyn, una película donde se enseñan cosas que sí ocurrieron.
CESAR VIDAL REPASA ÁGORA
LaCiudadenLlamas ya habló lo que tenía que decir de Ágora. Sin embargo, no podemos dejar pasar la ocasión de recomendar la crítica pormenorizada de la película que encontramos en el blog de César Vidal, y en el que desmonta la tesis de Amenábar hasta dejarla reducida a la más absoluta de las naderías.
Ágora (I): un panfleto fallido
DOCUMENTAL SOBRE ALAN MOORE
Alan Moore es el mejor escritor de comic-books que hay en el planeta Tierra.
Todos los niños leen cómics, y yo y mis hermanos no fuimos una excepción. Desde que recuerdo, por casa siempre había tebeos de diferentes naturalezas aquí y allá. En su mayoría eran Comics Marvel (Spiderman, Hulk) o DC Comics (Superman, Batman). También recuerdo algunos números de Hazañas Bélicas, y otros. Por lo general, eran números sueltos, que no se continuaban entre sí, de manera que la mayor parte de los comics que leí de pequeño terminaban en el momento más emocionante, lo que siempre producía cierta frustración que uno calmaba volviendo a empezar desde la página 1.
Un día, mi padre solventó esa frustración revelandome el escondite de su colección completa de El Guerrero del Antifaz, lo que provocó varios meses de cambiar pistolas imaginarias por espadas y sarracenos, también imaginarios, aunque el hecho de vivir en Ceuta daba cierta perspectiva para imaginar las hordas moras, Alí Kan, los hermanos Kir o la bella Aixa.
Cuando nos mudamos a Madrid, ya había cambiado los cómics por los libros, que sustraía subrepticiamente de las estanterías de casa y que me proporcionaron grandes momentos con La Clave está en Rebeca, El Ojo del Tigre o El Exorcista, libros que aún me estaban vetados por edad, doce o trece años. Y así quedó aparcada mi afición comiquera. Así seguí muchos años, hasta conocer a Arturo, un amigo que vivía inmerso en un universo de viñetas. Fue Arturo quien me prestó V de Vendetta, de Alan Moore.
No estaba preparado para conocer, en una sola noche y del tirón, la fuerza sugestiva del ciclón de ideas y conceptos que una historia dibujada podía proporcionar al lector. Quedé realmente impresionado. Después fue Watchmen, también de Moore. Y después, varios años esquilmando las estanterías de las tiendas de comics de la calle Luna. Y aunque poseo una dignísima colección de piezas maestras, disfrutadas una y otra vez hasta el amanecer, nunca volví a encontrar nada como aquellos tres cómics, El Guerrero, Watchmen y V. De modo que siempre estaré en deuda con mi padre y con Arturo, con Víctor Gago y con Alan Moore.
Hoy quiero rendir homenaje a Moore, recomendando un documental autobiográfico que he encontrado en la red y que es, simplemente, escalofriante. Me ha hecho recordar a Arturo con gran afecto, y me ha trasladado a aquellos días de rebuscar inencontrable número de Gen 13 por toda la ciudad, mochila al hombro y haciendo amigos en cada tienda.
Moore es autor de muchos de los mejores comics que hay en el mercado: los ya mencionados V y Watchmen, La Liga de los Extraordinarios Caballeros, From Hell, Miracleman, La Cosa del Pantano o Brought to Light son algunas de sus obras imprescindibles para todo amante del comic.
Con ustedes, Alan Moore. Anden con cuidado, éste señor sabe mirar dentro del alma. No habla de cómics exactamente, y será interesante lo mismo para sus fans que para alguien que no haya leído un cómic en su vida. Además, está rodado con brillantez, y es muy rico en imágenes sugerentes. Hagan click en la fotografía, y disfruten del hablar pausado, lúcido y extravagante, de una mente maravillosa.
AVATAR (I)
No me gusta el cine en 3D. No estoy de acuerdo con la afirmación de Cameron de que el 3D “cambiará el lenguaje cinematográfico”. Es más, no creo que la cosa se vaya a extender en demasía, por lo menos a nivel general. A partir de ahora, ciertos títulos se estrenarán en 3D, pero no la mayoría de los estrenos, ni muchísimo menos.
Me permito hacer una apuesta: el cine 3D no va a cambiar nada en el cine. Será durante un tiempo un reclamo para atraer al público peer to peer a las salas, y después, el cinematográficamente innecesario pero vistoso invento será transferido a los videojuegos.
De hecho, me sorprende que el 3D no se haya ensayado en los videojuegos antes de lanzarse a la incierta piscina de las salas cinematográficas con carísimos proyectos cinematográficos de resultados inciertos a corto plazo, y con una ámplia mayoría de salas que no están habilitadas para el 3D. Ésta tecnología está llamada a ser acogida a corto plazo por el mercado del videojuego, en el cual podrá ofrecer nuevas experiencias sensoriales que añadan veracidad sensorial a la experiencia. En el cine, el 3D es un coñazo, porque requiere de nuevos e inéditos esfuerzos para el espectador, además de una postura concreta y una actitud activa para el ojo del espectador.
En el caso del 3D, la complica. Si ésta tecnología supone que me voy a sentar tieso delante de la tele para poder ver una película, entonces ésta tecnología está avocada a su desaparición, o a una explotación más o menos hábil en salas de cine habilitadas. Imaginen el cuadro. Me pongo Avatar en dvd para echar una siestecilla en casa, pero no puedo. Tengo que estar tieso delante de la tele, y llevando unas gafas que pesan un quintal, y que sólo funcionan si estás recto delante de la pantalla. Nada de tumbarse, recostarse o reclinarse. Eso ya se ha terminado.
Más problemas con el 3D: es un coñazo andar enfocando. No creo ni siquiera que sea saludable. Pero es que, para colmo, me paso muchas horas al día haciendo foco en el plató como para tener que hacer foco también desde la butaca. La viavilidad comercial queda seriamente limitada por éste motivo.
Por lo tanto, un público que busca comodidad y precios asequibles, dará la espalda a una proyección que encarece el producto, 10€, no me jodas, para encima tener que enfocar uno desde la butaca. De toda la vida se ha pagado al operador, o al foquista, para que se tome la molestia. Y ahora tengo que hacerlo yo desde la butaca, con unas gafas incómodas, que pesan como si fueran de plomo, y que son presumiblemente insalubres.
No creo que le roben demasiado público al peer to peer subiendo los precios y aumentando el nivel de esfuerzo en el espectador. Puede ser que saquen un buen dinero, alargando la vida de las salas hasta el fin de la crisis. Pero esto del 3D no deja de ser un reclamo para atraer al público a las salas.
Ver películas en 3D no cambia el lenguaje cinematográfico, sólo lo encarece. Es necesaria cierta distancia psicológica entre el espectador y la pantalla. En Avatar, el público pierde su calidad de mirón para pasar a ser…foquista.
Gran parte del éxito dependerá de la correcta utilización de esta, por otra parte interesante, tecnología en las películas que se plieguen a ella. Así, por ejemplo, Cuento de Navidad es una película que mejora su visionado si se ve en 3D. El trabajo de Zemeckis es impactante. Sin embargo, Avatar es un claro ejemplo de una película que es mejor ver en salas que la proyecten en las dos dimensiones de toda la vida, que en el cochambroso 3D que acompaña. Sale uno medio mareado de la proyección. Con la sensación de haber estado grabando un partido de balonmano, foco para acá, foco para allá, ahora vete a infinito…Después de tres horas, acaba uno hasta el ojete. Dicho finamente.
Cuando he llegado a casa he visto las imágenes de la película en el telediario, y eran tan nítidas, tan naturales, tan espectaculares, que me he dado cuenta con total naturalidad de que el 3D que propone Cameron es un churro macabeo que impide el correcto visionado de su película. Lo que tiene especial pecado si tenemos en cuenta que es el espectáculo visual la baza principal de Avatar.
La Ciudad en Llamas recomienda Avatar en cines donde se exhiba la versión en 2D.
El argumento vendría a ser el siguiente, y reitero el aviso: en esta entrada se revela el contenido de la película, incluyendo el desenlace.
La compañía minera RDA ha enviado una división armada al planeta Pandora, con la misión de extraer un valioso mineral, el unobtanium. El yacimiento se encuentra bajo un árbol gigantesco, que sirve de hogar a una tribu de Na’vi, una raza inteligente de carácter tribal, que vive en comunicación con su ecosistema selvático.
La expedición está liderada por Selfridge, el delegado de la RDA. Un tipo insípido, apático, carente de sentimientos ni de modales. No le gusta Pandora. Si por él fuera, daría la orden de derribar el maldito árbol para ganar mucho dinero y así volver a casa.
El Coronel Quaritch, jefe de los mercenarios, estaría encantado de acatar esa orden. Odia Pandora, como recita. Ha estado en Beirut, ha estado aquí y allá. Pero el día que llegó a Pandora, un peligroso animal casi lo mata. Herido en su orgullo, desea vengarse de la selva. Así de pueril.
Sin embargo, ambos llevan tres años esperando. Sólo les retiene la doctora Sigourney Weaver, científica jefe de la misión, que quiere preservar el ecosistema de Pandora a toda costa y ha logrado mantener a raya a la compañía con el pretexto de estudiar el ecosistema y en especial a los Na’vi, con quienes ha iniciado comunicaciones.
Aquí entran en juego los avatares que dan nombre a la película. Un avatar es un traje biológico muy caro, un cuerpo diseñado genéticamente para ser manejado a distancia por un único usuario. La doctora ha diseñado dos avatares hechos a imagen y semejanza de los Na´vi. Uno es para ella. El otro es para el soldado de élite Sully. Pero Sully muere, y la compañía contrata como mercenario al hermano del soldado Sully, que por suerte es un marine.
La película empieza cuando Jake Sully llega a Pandora para sustituir a su hermano. Su misión es infiltrarse entre los Na’vi y buscar puntos flacos en su seguridad. Se pone su avatar y se pierde en la primera expedición. Neytiri, la hija del jefe de la tribu, le salva la vida. Jake se gana la confianza de los Na’vi, y es iniciado en sus costumbres. No tarda en enamorarse de Neytiri e identificarse más y más con las posturas de los Na’vi.
Cuando la compañía manda un ultimátum a Selfridge, éste se lo da a Jake. Jake le informa de los puntos débiles del árbol y pide un poco más de tiempo para resolver la situación. Sin embargo, Selfridge falta a su palabra y ataca sin más. Sin dar el más mínimo aviso a los desprevenidos Na’vi, Quaritch derriba entre risotadas el gran árbol-hogar, cometiendo un genocidio, y reprime sin piedad toda resistencia Na’vi, cometiendo otro genocidio, aparte de un crímen ecológico.
Ésto provoca un cambio de bando en Jake y unos pocos amigos humanos, que escapan en una nave robada para ayudar a los Na’vi. Prepara un gran contraataque junto a otras tribus Na’vi, y todos juntos dan zapatilla a la RDA, haciendo pedazos el ejército del Coronel Quaritch y expulsando a Selfridge. Jake se desconecta de su cuerpo humano, y se queda en su avatar permanentemente, en Pandora, junto a Neytiri. Y gracias a Dios, ya podemos quitarnos las molestas gafas 3D.
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Cameron parece haber concebido Pandora como un planeta-selva amazónica, y a los Na’vi como una síntesis idealizada de los indios de norte, centro y sudamérica. Gigantescos indígenas azules humanoides de gran fuerza y agilidad, cazadores que se comunican con la naturaleza a través del respeto hacia el planeta y las especies que lo habitan. Adoran a un gran árbol-madre, que les aconseja y guía, y con el que se comunican a través de un conector natural que cada na’vi tiene al final de su larga coleta. No es broma. Ése árbol-madre envía, también, esporas que guían de alguna manera la voluntad de los na’vi con sabiduría. Imaginamos que el árbol-madre es una especie de árbol pastor de todas las criaturas de Pandora.
La bondad y el respeto de los na’vi para con la naturaleza quedan reflejados en algunas de sus costumbres, como la del ritual de la caza. Por ejemplo, siendo depredadores-cazadores, dan gracias de manera ritual a su presa antes de darle muerte. Todas las criaturas de Pandora pertenecen a Pandora. Por supuesto, los extranjeros no son bienvenidos. La naturaleza es equilibrio.
También, a la hora de dominar a otras especies, como las banshees, los na’vi se conectan físicamente (ya sabemos, el famoso conector que tienen los na’vi en la punta de su larga trenza) con el animal domado, estableciéndose entre ambos una relación vitalicia.
Así presentados en su épica belleza salvaje, en medio de un exuberante entorno vivo al que aman y respetan, es inevitable identificarse emocionalmente con los Na’vi, máxime cuando sobreviene la destrucción de su árbol-casa con toda su población dentro.
Venía diciendo en anteriores entradas, que Avatar funciona a nivel emocional gracias a la fuerza de sus imágenes, a la belleza visual de un ecosistema idealizado y a la voracidad apática y arrogante de unos malos que parecen unidades sintéticas tipo Bishop, programadas solamente para una única función: ser malos.
Además, no he podido evitar recordar varias veces durante la proyección la frase que Zapatero había pronunciado en acto oficial hacía escasas horas: “La Tierra pertenece al viento”. Y sé que a Zapatero le va a encantar Avatar por su contenido político.
Mi problema con Avatar es que los malos de la película no son los responsables últimos de que estalle una guerra entre humanos y na’vi.
¿Y quién es el responsable, entonces?
Los buenos. La responsable es la científica encarnada por Sigourney Weaver. Ella es responsable de la diplomacia con los na’vi. Ella es responsable de tenerlos desinformados, de no propiciar siquiera una evacuación ante la inevitable invasión.
Como bien señala Bodisamba en la excelente crítica que nos brinda en la anterior entrada, la doctora Weaver sólo les ha enseñado a hablar inglés. En lugar de presentarles la situación con veracidad, se ha dedicado a hacerse la foto con los na’vi. Ha tenido tres años, tres, para decirles que hay una empresa que va a tirar su querido árbol, se pongan como se pongan. Pero el unobtanium se lo van a llevar, eso es seguro. Tres años para buscar una solución pactada, o una manera de minimizar los daños. Tres años perdiendo el tiempo. ¿Para qué necesita un na’vi saber inglés?
Para nada.
Un na’vi necesita el inglés lo mismo que un esquimal necesita el idioma na’vi. Para nada. ¿Por qué Sigourney no se ha molestado en aprender el idioma na’vi? ¿Por qué no les ha dicho, una vez que aprendieron el inglés, que una empresa va a derribar el árbol? Como en Bailando con Lobos, cuando Dunbar les confiesa que “vendrán más como yo”.
Si seguimos recordando Bailando con Lobos, después de esa confesión, los indios convocan al consejo, y se buscan soluciones. Unos proponen luchar. Otros proponen confiar en la buena voluntad de los invasores. Sigourney, al escamotearles la información, les niega la búsqueda de una solución. Les niega la verdad.
Sólo cuando los helicópteros de la RDA, cargados de misiles, rodean el árbol, balbucea algo, pero el Coronel Quaritch la desconecta de su avatar antes de que pueda decir nada. Lo mismo ocurre con Jake, que inicia un patético intento de última hora de ponerles sobre aviso…demasiado tarde. Quaritch, con ademán de quien disfruta haciendo el mal, desconecta a Jake también.
¿Por qué la doctora no pone sobre aviso a los na’vi? Es un misterio. Tal vez porque se hubiera enfriado mucho su relación con los na’vi, y su idílico baño de solidaridad habría terminado. En Jake se hace más evidente: su motivación es tener sexo con la hija del gran jefe. Si cuenta la verdad, lo del polvete se puede enfriar drásticamente.
O sea, que la doctora se ha dedicado tres años a tocarse los cojones.
Mientras, el delegado Selfridge ha esperado pacientemente el visto bueno de la doctora para iniciar la extracción. Él no sabe nada de los na’vi, ni quiere saber. Para eso está la división científica. Él es un subordinado. No es su deseo tirar la casa de ninguna tribu. Él es un empleado que lleva tres años lejos de casa para que una científica enseñe a hablar inglés a una raza desconocida. No sabemos nada de él. Tal vez tiene una hija a la que echa de menos. El asunto es que durante tres largos años hace caso de la cháchara de Sigourney.
Hasta que su jefe le envía un ultimátum. Quiere ese unobtanium ya. O mandará a otro a que haga el trabajo.
Entonces, Selfridge pierde la paciencia y manda a Quaritch a derribar el árbol. Sin avisos previos.
Quaritch disfruta mucho de la masacre. Lo cual es de una maldad bastante absurda. Antes, se hubiera intentado una evacuación, aunque sea para minimizar costes, esfuerzos y sobre todo, bajas. Pero como Quaritch odia Pandora, prefiere cometer un genocidio antes que, por lo menos, avisar a los na´vi que el árbol va a ser derribado. Incluso cuando ése era el trabajo de la incompetente doctora.
De manera que, tanto Selfridge como Quaritch son dos subordinados. El director los pinta muy malos, pero eso es irrelevante. Lo importante es que son subordinados. Están haciendo aquello para lo que han sido contratados. Es la doctora la que ha fallado estrepitosamente en su cometido, y por tanto la responsable última y mayor de la tragedia.
Lo peor es que Cameron lo sabe, pero prefiere soslayar el asunto. Deja a la doctora en manos del árbol mágico. Tal vez es la manera que tiene Cameron de castigar la inoperancia de su estúpido personaje. Según los na’vi, la doctora muere porque “sus heridas son muy profundas”. Pero éso es lo que creen los na’vi. Los na’vi sólo saben lo que les dice el árbol mágico. Lo cierto es que el árbol mágico castiga a la doctora por sus mortíferas mentiras.
Mención aparte merece la piloto amiga de Jake. Mientras están bombardeando el árbol, dice: “no he venido aquí para ésto”. Y se cambia de bando, abriendo fuego contra los que hacía un instante eran sus compañeros de armas. Cuando la verdad es que sí, que ha venido a Pandora para ésto precisamente. Para ésto la han pagado, para ésto la han puesto a los mandos de una fortaleza volante. Claro que ha venido hasta aquí para ésto.
Cameron trata de darnos gato por liebre, quiere hacernos creer que los malos de la historia son Quaritch y Selfridge, cuando en realidad es la doctora la que, con su paternalismo, incompetencia y negligencia, provoca la guerra entre la RDA y los Na’vi.
Es, pues, Avatar, la historia de una traición provocada por la incompetencia de una panda de solidarios de pacotilla sin principios más allá de sus meras apetencias, y que logran camuflar su responsabilidad y endilgársela a los militares y los neocon.
La película recuerda las palabras que Zapatero pronunció unas horas antes de l estreno de Avatar: “La tierra pertenece sólo al viento”. Cameron se adscribe a tamaña gilipollez.
Más capturas en http://laciudadenllamas.wordpress.com/2010/05/09/avatar-capturas/
SECUELA DE LOS LUNES AL SOL
¿Se rodará la segunda parte de Los Lunes al Sol?
La película original se estrenó con gran éxito de público y crítica durante la administración Aznar, que rebajó la cola del paro en más de tres millones de parados. No era suficiente para el comunista Roures, porque aún quedaban minorías descontentas. ¡Bien por él!
Ahora, con el socialista Zapatiesta en el gobierno, volvemos a las altas cotas de paro del socialista Felipe González, y con creces, además. Ya no es ninguna minoría, el sector de parados. Ahora son cinco millones. ¿No le motiva a Roures, a León de Aranoa, a Bardem (¡ay, Bardem!) ni al bocazas Tosar para continuar y ampliar su solidario descontento? Por supuesto que no. Deben de pensar que los parados de Zapatero algo habrán hecho para estar en el paro. Que se lo merecen, vaya. Esos no les duelen en el alma, ni les inspiran a soltar aquellos solemnes discursos solidarios con sus cuellos vueltos y sus luengas barbas.
Por si faltan ideas, propongo una plausible sinopsis para Los Lunes al Sol 2:
Año 2010. Zapatero en el gobierno. Ahora no sólo los protagonistas están en el paro. Ahora, la planta conservera en la que trabaja la mujer de Tosar (hueles a sirena, dice el tío cursi) ha cerrado también. Y el bar donde se reunían, también, pues todos sus clientes ya no cobran ni el paro. Y Bardem ya no apedrea farolas urban sunlight, sino que las respeta, porque si no, le echan de la cola del comedor parroquial benéfico.
La niña ya ha crecido. Tiene un bebé que le hizo un botellonero progre que, acogiéndose a los postulados feministas, desapareció del mapa. O tal vez un soldado de permiso. Ella hubiera querido abortar, pero le venían bien los 3.000 del ala del cheque-bebé. El problema es que el cheque-bebé es cancelado por Zapatero, y ella se queda compuesta, sin cheque y con un bebé que pide a gritos mamandurria. ¡Mamandurria! ¡Mamandurria! Grita.
O a lo mejor molaría más que ella quedara embarazada y quisiera tener el bebé, pero los amigos de su padre (él nunca llega a enterarse) la hacen entrar en razón y la convencen de que lo que hay que hacer es matar al feto. Para hacerlo más tragable, el padre de la criatura podría ser un facha. Así la muerte del bebé queda bien justificada, ¿no?
También podría ser que quedara embarazada de gemelos, y sólo abortara a uno de ellos, el que va a nacer con síndrome de Down. Darwinismo socialista Aído, ya se sabe.
Claro, un facha que se enroló en el ejército y fue enviado a una guerra en Afganistán, conflicto en el que el padre de la criatura muere. Entonces ella sí comunica a la administración de quién es el bebé, a ver si le cae algún fajo. Conflicto, que como el gobierno niega que sea una guerra (acción humanitaria, dicen), la pensión que le queda al bebé es mínima.
Entonces, ella, para cobrar por el bebé una pensión mayor, inicia una campaña para que el gobierno reconozca que hay una guerra en Afganistán, y no una acción humanitaria, pero los medios progres los silencian y son tachados de fascistas en La Noria.
La peli acabaría con todo el grupo sentado en la cola del comedor de beneficencia de la parroquia. Por culpa del gobierno, están peor que al final de la primera peli: al fin y al cabo, en Los Lunes al Sol, todas las ayudas eran para 1.300.000 parados solamente, y ahora, al final de Los Lunes al Sol 2, tienen que competir con la friolera de casi cinco millones de parados. Y por supuesto, no hay ayudas para todos. Al final, tienen que reconocer que con Aznar se vivía mejor.
Si el lector no ha visto la película, le sugiero que corra a la sala más cercana, y luego lea, si tiene a bien, éste comentario. El texto puede revelar datos de la trama.
Martin Scorsese es un creador. Como tal, para cada una de sus películas genera su propio universo, con sus dioses, sus demonios, sus ángeles y sus monstruos, sus señores y sus súbditos. Incluso cuando aborda temas urbanos y actuales, el ojo del narrador empapa hasta el último resquicio de la pantalla, y también de la mente del espectador. Además, el nivel de elaboración visual y narrativa de Scorsese, la minuciosidad con la que cuenta sus historias, está llegando a niveles maníaco compulsivos, recordando inevitablemente al Howard Hughes que dibujó en El Aviador.
En Shutter Island, ésta característica se multiplica hasta el delirio. No por casualidad nos lleva a un escenario aislado, un entorno controlado en el que todas las reglas las pone el creador. En un manicomio de 1954, en una isla inaccesible y en mitad de una feroz tempestad, la libertad de movimientos de los personajes es casi nula. El efecto es asfixiante. Nos enfrentamos desde el minuto cero ante una de las cintas más intensas que recuerdo, el paradigma del cine de tinta cargada. La entrada a la isla es una amenaza en sí misma. Y Scorsese controla hasta el último fotón.
También Di Caprio, en una interpretación no menos minuciosa, parece controlar cada fibra de su cuerpo. Como protagonista absoluto, es también un espectáculo en sí mismo. Todo el elenco produce personajes degustables en sucesivos visionados, prestando especial atención a Mark Rufallo, Ben Kingsley y Max Von Sydow. La totalidad del desfile de personajes es excepcional, y tendría que enumerarlos a todos para no olvidar cada personaje memorable. Sí mencionaré como curiosidad que al menos tres de los personajes secundarios son interpretados por actores que han hecho de asesino en serie al menos en una ocasión. Dos de esos actores interpretan en Shutter Island a guardias de seguridad. Todo en Shutter Island es amenaza.
Scorsese invoca una verdadera legión de tópicos de diferentes géneros para hacerlos confluir en una cinta que es en sí misma toda una cosmogonía, más metalingüística que nunca. El protagonista, la mente humana. El punto de vista, el color a través del cristal a través del cual vemos la historia es el del agente federal Teddy Daniels, complejo y soberbio Di Caprio. El agente Daniels busca la verdad en un espacio ominoso, opaco, oscuro, y para ello sólo cuenta con sus sueños y una caja de cerillas cuyas llamas sólo iluminan apenas unos palmos de todo el universo, sólo los retazos que Daniels quiere descubrir.
El resultado final es una sinfonía onírica, deliberadamente desafinada de mil tonos tocando la misma nota. Como la propia banda sonora, que resucita al Hermann de Vértigo, Hitchcock está muy presente en toda la cinta en muy diversas formas, empezando por la máxima de que es más emocionante si dejas que el público sepa que hay una bomba debajo de la mesa, y pasando por el escenario final de Rebeca, por ejemplo.
El medio que ésta historia ha elegido para encontrar su forma perfecta es el cine, inevitablemente. Nadie más que Scorsese podía solidarizarse con la aventura del agente Daniels. Nadie como Scorsese podría contar de un modo tan preciso y perfecto una historia en que cuyo creador necesita que veamos sólo lo que él quiere que veamos, y que todo lo que veamos o imaginemos, además, sea en forma de tópico del cine de género. Sólo Scorsese podía contarnos éste cuento como debía ser contado. El nivel de detalle con el que nos es contada la historia, y la libertad de movimientos de Scorsese a la hora de hacer uso de los recursos del cine, convierten el visionado de Shutter Island en un privilegio. Es una de esas películas dispara-mentes. Un collage hecho con revistas de cine. Verdaderamente estimulante, agotadora, cercana a la perfección.
Shutter Island, además de una de las más finas piezas que he visto, es la más audaz y certera metáfora sobre el hecho del cine que pueda uno imaginar. Daniels, sus sueños, sus cerillas, y su búsqueda que le lleva casualmente al faro de Shutter Island (Isla Obturador, diríase), son Scorsese tratando de que veamos la realidad a través de una pantalla. El Agente Daniels y Scorsese saben lo difícil que es expulsar de cada plano el caos, la verdad desnuda, lo que no quieres que se vea, las bambalinas. Para ello, necesita rodearnos de oscuridad y mostrarnos la realidad diseccionada a cerebro descubierto (el nuestro) a través de elementos reconocibles, unidimensionales y comunes: los tópicos. En una película realista, un tópico puede estropear el conjunto. En Shutter Island, todo, absolutamente todo, es tópico. Manicomio siniestro, psiquiatra nazi, campos de concentración, lobotomía, experimentos, isla de las tormentas, genocidio que provoca traumas mostrados a través de sueños, celadores, gritos en el pasillo, notas en clave, pabellones de seguridad, apagón, cerillas, tempestad, la cueva, el cementerio, el faro. Todos ellos, casi en dosis de a uno por secuencia, logran, por yuxtaposición masiva de tópicos y recursos narrativos, dibujar la realidad fascinante y ominosa que vive el agente Daniels. Realidad a la que nos aferraremos más allá de toda razón una vez terminada la película, incluso cuando Scorsese elimina todo artificio y deja entrar la luz del día unos segundos antes del final. Sabe bien qué buscamos en el cine. Porque, como al pobre Daniels, esas llamitas en la oscuridad que son las películas nos permiten huir, aunque sea por un rato, de la triste, caótica, gris, dolorosa realidad. Era a Scorsese, a Daniels, y no a la realidad, a quienes habíamos venido a escuchar. Y eso es lo que obtenemos a cambio, ciento treinta minutos de puro Scorsese, de puro cine.
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La prueba física de que no necesito gafas en 3d para que la pantalla me rodee, me impregne, me incluya en la película a niveles infinitamente más efectivos que haciéndome bizquear durante dos horas. Lo pasamos como enanos. 24 horas después volvimos a por más. Actualmente busco cualquier excusa para volver a verla.
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